Elena, capítulo 3

Nunca supe si fue el repentino chillido del timbre de la puerta cuando ya estaba preparándome para dormir, o si fue el verla así, con un labio roto, una herida abierta en la frente y cubriendo bajo un abrigo de piel su cuerpo que temblaba y que no le permitía mantenerse derecha, lo que me causó que la deliciosa lasagna que Verónica había cocinado esa noche se me revolcara en el estómago. Ella no era de aparecerse en el medio de la noche en casa de nadie, pero allí estaba, con los ojos casi cerrados y pidiendo perdón.

“No hay nada que perdonar.” Le dije antes de aguantar la puerta abierta para que entrara. Fue cuando la vi bajo la luz de la sala que noté los rasguños en el cuello y, cuando se quitó el abrigo, los moretones en los brazos. Claro, algo tenía que estar escondiendo para llevar puesto un abrigo de piel en una noche tan caliente como aquella. “¿Qué te pasó, Lena?”

“¿Tienes un cigarrillo?” Se subió las mangas de la camisa blanca, que me imagino no estaba originalmente manchada de rojo, y quedaron a la vista otro par de heridas cubiertas de sangre cuagulada.

“No. Siéntate, dime qué te pasó.”

En eso Verónica bajó corriendo las escaleras y se detuvo a pasos del manojo de sangre y cabellos revueltos que resaltaba sobre los muebles y paredes blancas.

“Lenita, ¿qué te pasó? ¿Tuviste un accidente? Déjame buscar algo para las heridas.”

“Choqué con una pared de cemento.” Le dijo Lena a Verónica. “Pero no con el carro, sino con el cuerpo entero.”

Los ojos de Verónica se abrieron hasta casi salirse de sus cuencas, entendió que la respuesta no era literal y se dirigió al baño para buscar algo con que limpiar las heridas de Lenita.

“Ven.” Le dije y la llevé al patio. La temperatura estaba lo suficientemente agradable como para invitarla a sentarse a hablar en el gazebo al lado de la piscina. Miró a ambos lados antes de cruzar la puerta de cristal de la terraza. “No estás cruzando la calle.”

“Las cámaras.”

“Sí, las que tú misma me ayudaste a instalar.”

“El stream va directo a los servers privados de Judd.”

Ok, ahí sí que me detuvo a mí también… “No me jodas.”

“Hay tantas cosas que no sabes, Pájaro.”

Nos sentamos uno a cada lado de la mesa de cristal que a Verónica tanto trabajo le dio encontrar porque quería que fuera la perfecta, esa única que le robara el corazón, y Lena se llevó las manos a la cabeza, peinando con un rápido movimiento su pelo hacia atrás. De momento tuve una corazonada, como la tuvo Verónica con esa mesa, de que esta sería una noche muy larga.

“¿Y los nenes?” Me preguntó al notarme tan silencioso.

“Arriba, durmiendo. Tienen el aire prendido y las cortinas cerradas. ¿Quieres algo de tomar?”

“No, gracias. Tengo que irme antes de que Judd sepa que estoy aquí.”

“Desactiva las cámaras.”

“Entonces se cae la señal y más rápido sabe que estoy aquí. Salí corriendo del Ritz. El carro tiene GPS anyway.”

“Lenita, háblame.”

Ella suspiró frustrada, cansada, como quien quisiera que en ese suspiro se le fuera la vida. “Me quiero morir. Bueno, no me quiero morir, los quiero matar a todos.”

“¿A Judd y a quién más?”

“Hoy era la entrega de los cheques para las obras benéficas personales de Judd, no las de la compañía.”

“Lo sé. Y me excusé, te envié copia del email.”

“Gabriel Rivero-León estaba allí.”

“¿El banquero corrupto?”

“¿Y cuál no lo es?”

“¡Ja! Claro, cual no.” Vi a Verónica bajo el marco de la puerta esperando para acercarse, le señalé con la cabeza que lo hiciera y esperé a que pusiera el alcohol y los algodones en la mesa para preguntarle a Lena: “¿Y qué pasó con Rivero-León?”

Las cejas de Verónica se encontraron sobre el puente de su nariz.

“Lo dejé por muerto en la habitación 1608.”

“¿¡Qué!? Pero… Lena…” Grité, haciendo que Verónica diera un salto. “¿Qué ca…?”

“No me preguntes cómo pasó porque ni me acuerdo. La cosa es que Judd me vino con uno de esos trucos sucios que me hace de vez en cuando y esta va a ser la última vez que me use como lo ha estado haciendo por los últimos cinco años. No aguanto más el ser un juguete para él, el tener que hacer lo que diga porque le debo todo lo que tengo. Estoy harta de las noches fuera con extraños para que aporten a sus proyectos, del matar por encargo y de engañar a todo el mundo.”

El cuerpo de Verónica cayó como un bloque sobre la silla más cercana. “Lenita…” Tuvo que contener las ganas de abrazarla porque la mirada de Lena le indicó que no quería que se le acercaran. “¿De qué estás hablando? ¿Qué estás diciendo?”

“Estábamos todos en la mesa, la cena aún no había llegado. El grupo era como de doce, catorce personas. Banqueros, empresarios y un par de portavoces de agencias benéficas con sus abogados. Rivero-León se excusó para ir al baño, Judd me pide que busque algo en la habitación que habíamos alquilado para pasar la noche, nada inusual, siempre lo hacemos. Cuando llego a la habitación, ¿quién está esperando? Rivero-León, la chaqueta y la corbata abierta. Le había pedido a Judd que no volviera a hacerme eso, que yo le conseguía alguna chica bonita que estuviera interesada en hacer dinero no importara cómo, pero no, tenía que ser conmigo.”

Verónica se cubría la boca con las manos mientras yo intentaba escuchar sin aguantar la respiración.

“Pero… Judd… ¿será cabrón?” Exclamé de pura rabia.

“Siempre lo ha sido y siempre lo será.” Dijo Lenita tomando la botella de alcohol de la mesa y mojando un par de algodones con él. “Rivero-León era pieza clave para el proyecto federal que tanto Judd estaba deseando.”

“Perdóname, pero a mí nadie me ha hablado de un proyecto federal.”

“Rivero-León es accionista mayoritario de una compañía de distribución de alimentos, lo que necesita para desarrollar su idea para un arma biológica y distribuirla como el e. coli o la salmonela, envenenando la lechuga o algunos mariscos, de poquito en poquito puedes matar a muchos sin miedo a contaminarte a ti mismo, no como con las gripes que se distribuyen por el aire.”

“¿Y cuál es tu parte en esto?”

“Yo soy el accidente por suceder de todos esos que de alguna u otra forma se han opuesto a los proyectos secretos de Judd y de los que no se han dejado convencer.”

“Y tú eres parte esencial para convencerlos.”

“Después del último, el senador aquel al que le raptamos los hijos, yo me quise quitar pero Judd no transa por nada y este tipo, Rivero-León, yo sabía que no era fácil, por eso no quería hacerlo, ese da duro y le encanta marcarle los nudillos en la piel a uno.”

“¿Ustedes los raptaron?” Preguntó la voz temblorosa de Verónica.

“Victor y yo. La mano derecha de Judd, el de la Guardia Nacional. Ese senador no era mujeriego como otros.”

“Pero, ven acá Lena, dime una cosa. ¿Alguien sabe todo esto? Digo, alguien aparte de ustedes…”

Lena se quedó callada mirándome como quien mira un niño que acaba de hacer una de esas preguntas sobre la creación del mundo o de dónde salen los bebés. Algo vibró en su bolsillo y se levantó de un brinco.

“Ya sabe que tú, probablemente, sabes. Me tengo que ir antes de que se aparezca aquí.” Comenzó a caminar hacia la casa, el algodón aún presionado sobre la herida en la frente. “Siento tanto involucrarlos en esto, de verdad, pensándolo bien, mejor no hubiera venido aquí.”

La detuve antes de que pudiera abrir la puerta de la entrada. “Lena, te consideramos familia, haríamos lo que fuera por ti. Dame eso.” Le quité el algodón ensangrentado de las manos como en cámara lenta, como con miedo a ver lo que había debajo pero no miré, solo mantuve mis ojos en los suyos por un instante. “Rivero-León no fue el que te hizo esto, ¿verdad?”

Lena se mostró sorprendida, casi insultada. “¿Crees que miento?”

“No, no me mientes sobre lo demás, pero esto no fue él, esas heridas, eso fue Judd.”

“Él solo terminó lo que Rivero había comenzado.”

Verónica respiró hondo a unos pasos de nosotros.

“¿Desde cuándo, Lenita? Te has alejado de nosotros, te comportas tan rara en la oficina.”

“Judd tiene muchas manías y tú lo sabes.”

“Pero esto es demasiado.”

“Esto es nada comparado con otras veces.”

“Lenita…”

“No vine a que me cogieran pena, vine para decirles que me voy, me largo. Tengo que desaparecer por un tiempo y necesito que no me busquen porque quiero borrar todo rastro que quede de mí.”

“¿Necesitas donde quedarte, dinero, algo?”

Lo que haya sido que vibró antes en su bolsillo, volvió a hacerlo. Lena le regaló una sonrisa a Verónica, quien no pudo contenerse y la abrazó mientras lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.

“Lenita, dinos qué tenemos que hacer para ayudarte y lo haremos, lo que sea.”

“Cuiden de sus nenes. Múdense si es necesario pero no se dejen amedrentar de Judd. Jamás permitiré que les haga daño.”

Y así, aturdidos y sin poder creerlo aún, Lenita nos dejó; salió corriendo hacia el Mercedes blanco que Judd le había regalado el día de su cumpleaños número veintiuno, sin su abrigo de piel y dejando una estela de horror e incertidumbre que nos arroparía a Verónica y a mí con el insomnio distintivo de las noches cuando mejor es no cerrar los ojos para no tener pesadillas.

Continuará…

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Un pensamiento en “Elena, capítulo 3

  1. Latte dice:

    Fantastically disturbing. De pensar que puede haber personas asi en la realidad asusta mucho. Good job~ ;]

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